Diario del tr3s
Relato del domingo 11-05-2026
7:03. Suena el despertador. Mi pecho siente la presión del submarino Titán al implosionar. Me cuesta ordenar mis primeras ideas y la ansiedad empieza a brotar cuando mis dedos se encuentran con legañas pegadas a mis ojos todavía cerrados.
Busco fuerza para levantarme. Guio mi pie derecho para que sea el primero en tocar el suelo tres veces. Mi vida estaría condenada a sufrir desgracias incontrolables si fuese el pie izquierdo el primero en sentir el tacto frío de las baldosas.
Camino hacia el baño evitando mirar el espejo; hace años que no me devuelve nada agradable.
Abro el grifo. Me gusta esperar a que el agua parezca lava del volcán Etna para entrar a ducharme. Utilizo un champú de color rojo con olor a fresas; mido la cantidad exacta con la línea de la vida de la palma de mi mano izquierda que mide 3 cm. Después, uso un gel para el cuerpo de color violeta y olor a jazmín. Repito con el champú para el pelo (a pesar de que ni lo tengo).
Tengo una relación complicada con el tres: fue mi número de clase, el dorsal de Paolo Maldini, está relacionado con Dios y tengo tres hermanos. Hay infinitas cosas que me unen a ese número, pero también que me atrapan. Solo puedo usar tres joyas, combinar tres colores o comer tres cosas por plato. Solo le doy tres oportunidades a cualquier ser humano para no defraudarme. Sin perdón, sin posibilidad de redención y sin explicación lógica.
8:33. Me siento aliviado por no haber mirado el reloj un minuto antes. El 32 es la muerte de mi padre: el silencio, el dolor, el invierno. Caliento la leche 39 segundos (13 veces 3) y utilizo una cuchara de color dorado que llevo custodiando en viajes, campings de toda Asturias y mudanzas durante nueve años. (Tres veces tres).
Tomo un comprimido de paroxetina. En el mismo instante en el que la pastilla baja hacia el estómago, hago tres cruces sobre el calendario. Las dudas sobre la ingesta de la píldora me producen un debate interno de insultos y reproches que destruyen mi ánimo de mariposa.
Suelo vestir de un negro sobrio y discreto. A veces la gente me pregunta si estoy de luto o si vivo en constante depresión. Me resulta difícil expresar mis verdaderos sentimientos, por eso finjo una media sonrisa perfectamente ensayada y digo que todo está bien. Al salir de casa, acompaño los tres giros de la llave con un sonido gutural que retumbe en mi pecho para recordar que la puerta está bien cerrada.
9:23. Camino hacia la parada. Mientras espero el autobús, pienso en si realmente es mi mano la que escoge la música en el móvil o es la de otro individuo manejando mi Spotify para hundirme. Subo al bus y me siento en el tercer asiento empezando por detrás. Cuando está ocupado, me quedo de pie.
Hace unos días que me duele una zona de unos tres centímetros en el cráneo y la posibilidad de que sea un tumor me tortura. He tenido la certeza de padecer miles de cánceres: estómago, huesos, páncreas, testículos… todo acompañado de fatiga y molestias que solo existen en mi cabeza.
¿Acaso soy tan sumamente tonto?
El bus llega. Cuento tres en un susurro y me levanto. Hay 96 pasos cortos (32 veces 3) hasta mi oficina. Camino pensando en alguna nueva dolencia: Parkinson o esclerosis múltiple. ¿Quien da más?
10:03. Mi oficina está en un edificio de dieciocho plantas. Mi mesa, en la planta doce. Mi trabajo consiste en corregir errores en los informes antes de que los aprueben: soy la última defensa antes del desastre final.
FINAL.
Qué palabra tan desgarradora. A veces pienso en quitar el seguro de la ventana de la oficina, abrirla completamente y saltar con la cabeza por delante. ¿Por qué no? Nada me ancla en este puerto. No tengo pareja. No tengo amigos. Ni siquiera puedo hablar con mi familia de mis rutinas castigadoras; me dicen que estoy loco, desquiciado. Para ellos no soy más que un hombre que no asume sus responsabilidades y que está “enfermo” por voluntad propia.
Voy a una psiquiatra cada tres meses; me regala quince minutos de conversación superflua. Me habla de medicaciones milagrosas que ya estoy cansado de probar. Me siento como la nevera de una familia pobre.
Ojalá encuentre el valor para saltar y ser libre. Quiero tener la iniciativa y no estar preso de la inseguridad. Ojalá alguien me escuchase de verdad, y no solo fingiese hacerlo mientras repasa en su mente la lista de la compra.
Mis ojos vuelven a la pantalla del ordenador. Me llega otro informe para revisar. Borro varias frases sin la chispa necesaria y las vuelvo a escribir.
Tal vez mañana encuentre el valor suficiente para terminar con todo…



Me ha encantado el relato, está muy bien creada esa atmósfera agobiante del TOC y ansiedades asociadas que tanto me resuenan por un familiar. Sólo una cosa: hoy es domingo 10, no 11. ¿Es un error o está hecho a propósito para transmitir esa sensación de confusión?