THE COAT
Las cosas no siempre son lo que parecen.
Me han regalado una bata. La verdad es que desde pequeño no había vuelto a tener una. Cierto es que alguna vez que me había ido de fin de semana con Carla a Las Caldas sí que me había puesto la típica que te dejan en el baño del hotel del balneario con las toallas, champús y cremas, pero sinceramente, como esta, nunca.
Era una bata increíble de color negro con los bordes en rojo burdeos y mi nombre grabado en blanco perla a la altura del corazón: Pedro. El material, cómo no, de primera calidad y de ahí su precio: auténtico algodón turco, pura comodidad y confort.
Cuando me la dio mi madre de regalo de Reyes y me la puse, sentí que volvía a su vientre y que su abrazo me cubría como la primera vez que me cogió en su cuello. Cuando me la quité para guardarla en el cofre de la boutique, sentí una pequeña chispa en la espalda y juraría que vi un pequeño destello de color verde en el algodón, pero no le di importancia.
En la mañana del día ocho decidí darme un baño relajante cuando terminé de organizar un poquito las cosas de casa. Después de todas las fiestas navideñas pensé que me lo merecía y rellené la bañera hasta arriba con agua a 40 grados y metí una pieza hexagonal de sal de Epsom para preparar el baño.
Fui a la cocina y saqué mi mejor vino, un Vega Sicilia del 2015; me serví una generosa cantidad en mi copa burdeos. La llevé al baño, le di un trago y empecé a desnudarme con calma mientras busqué en mi teléfono el último disco de Coldplay, Moon Music, y le di a reproducir.
Me quité la ropa, la tiré al cubo de la colada y coloqué mi magnífica bata al lado de la toalla para secarme, que se resbaló en ese instante hacia el suelo. Me agaché a recogerla y me pareció ver que la bata se movía como empujando a la toalla. En fin, el Vega Sicilia estaba delicioso.
Por el momento el día marchaba estupendo.
Me tumbé en la bañera y el efecto de las sales me transportó a una especie de limbo del que no querría salir nunca. Le di un profundo trago a la copa de vino mientras sonaba Jupiter y sumergí la cabeza unos instantes en los que volví a desaparecer.
Salí para respirar y me quedé un rato fingiendo parar el tiempo hasta que empezó a sonar la canción que cierra el álbum. One World. Desperté de mi falsa ensoñación. Me miré los dedos e imaginé que si ellos estaban así, mi cara sería la de un shar pei.
Me levanté despacio, le di el último trago generoso a la copa del excelente brebaje y cogí la toalla de algodón peinado del suelo; se había vuelto a caer.
Me sequé el pelo y el cuerpo mientras que mi Spotify había saltado de Coldplay a Bruno Mars con el ritmo de jump on it. Me eché crema hidratante por todo el cuerpo, poniendo especial énfasis en las piernas, que las tenía secas por la fotodepilación.
Pasaron dos minutos; y mientras que mi cuerpo absorbía la crema, me pasé la máquina de afeitar por mi tímida barba. Apagué la música del teléfono y por fin llegó el momento que estaba esperando.
Mi cuerpo desnudo se fundió con ella. Me la puse con mimo, até su cinturón para que me quedase ajustada al cuerpo pero a la vez holgada en la cintura y volví a sentir su abrazo. Pensé que así se sentiría Batman al ponerse su traje.
Era magnético, vibrante. Mi cabeza se fue hacia mi primer orgasmo y mi cuerpo caminó inconscientemente hacia el salón para tumbarse en el sofá azul marino de chenilla. Prácticamente en ese instante caí dormido entre cojines y soñé algo extraño.
Corría por un bosque kilométrico, denso y muy poblado con hayas, abetos y abedules. No podía parar de correr porque algo me perseguía. No me podía librar de ello; sin embargo, no veía lo que me acechaba ni sabía lo que era. En un momento del sueño, extasiado por correr, me caí al suelo dándome un fuerte golpe en la cabeza y, al darme la vuelta, una enorme sombra negra con los ojos de color rojo burdeos y una boca en su pecho de color blanco perla se abalanzó sobre mí para devorarme.
En ese momento desperté.
Eran las 4:33 de la tarde; casi se me había escapado el día. Vi el cerco de babas en el sofá y me sorprendí de lo profundo que debió de ser el sueño; aun así, estaba agitado por la reciente pesadilla, preguntándome qué significaba.
Me levanté del sofá, fui al baño para hacer un pis y me miré en el espejo; la verdad es que parecía todo un señorito con la bata.
Me fui a la habitación y escogí la ropa para vestirme: calcetines, calzoncillos y algo sencillo, vaquero azul Levi's con camisa Tommy de cuadros rojos y azules; dejé el conjunto encima de la cama. Para quitarme la bata empecé por desabrochar el cinturón y sentí que el nudo no quería deshacerse. Tiraba y se apretaba; volvía a tirar y se apretaba más fuerte.
Intenté tirar con más fuerza pero el nudo parecía imposible de deshacer. Me pregunté a mí mismo qué clase de nudo marinero había hecho inconscientemente que ahora no sabía cómo deshacerlo. Empecé a sentirme agobiado. Volví a intentarlo de nuevo y las sensaciones de placer extremo volvieron a mí: mi primer beso con aquella niña en el cole —¿cómo se llamaba? ¿Carmen?—; cuando metí el gol en la final del torneo de la Danone Cup.
Decidí cortar por lo sano, fui a la cocina y cogí mi Deba, un cuchillo magnífico que había traído de mi último viaje a Japón, y corté la tela de algodón de mi bata a la altura del nudo del cinturón. Salió una sustancia verde que, al tocarla, me recordó a un flan y olía a una mezcla de pólvora con tierra.
Tiré el cuchillo en el fregadero y en el mismo momento agarré las solapas de mi bata para tirar de ella hacia atrás y me invadió un dolor inmenso, como si alguien me arrancara la piel. Grité de dolor. Caí en el suelo y en el mismo instante volví a sentir un placer enorme. Recordé el día que me ascendieron en el bufete y me hicieron socio, la primera vez que hice el amor con Carla en aquella playa y cuando jugaba con mi hermano Lucas con los Tente.
—¿Y si no me quito la bata nunca? —balbuceé.
Volví a mi ser de nuevo y grité agónicamente:
—¡No!
Intenté separar la manga de la bata de mi piel del brazo izquierdo subiéndola hacia arriba pero no podía. Fijé mis ojos en el borde rojo burdeos y vi cómo, al subir la tela de algodón, la capa superficial de mi piel se iba con ella. Al momento sentí un miedo terrible y vomité. Era un caldo de color rojo intenso como el vino.
No me podía quitar aquella bata. Me levanté como pude y fui hacia el baño. Encendí la ducha y me metí cuando el agua aún estaba fría e intenté quitarme la bata de nuevo. El dolor era insoportable; sentí que se me rompían todos los huesos. Tiraba y tiraba y parecía que hasta mis propias venas cortaban su flujo de sangre impidiéndome moverme, durmiéndome los brazos.
Empecé a gritar despavorido.
Salí de la ducha desesperado y volví a la cocina. Cogí mi Deba del fregadero y empecé a rajar el algodón turco, cortando a la vez pedazos de mi piel y dejando mi dermis a la vista, produciéndome heridas profundas y mezclando la sangre que brotaba de mi cuerpo con la maldita sustancia verde y gelatinosa que salía de la bata.
Me desmayé.
Volví de nuevo al mismo sueño. La sombra enorme y negra con los ojos rojos burdeos y una boca en su pecho de color blanco perla estaba encima de mí y con una voz escalofriante me dijo:
—Tú ya sabes cómo escapar de esto.
Desperté aturdido en el suelo. Me levanté lo más rápido que pude y busqué en el cajón el soplete de cocina que usaba para caramelizar el azúcar. Lo cogí, lo encendí con decisión y empecé a prenderle fuego a la bata por la zona que me cubría las rodillas. El pus verde empezó a caer por mi piel y sentí que atravesaba cada capa y se fundía con mi rótula mientras que el resto de la bata empezaba a arder, produciéndome la misma sensación por todo el cuerpo.
Lancé un alarido infernal.
En ese mismo instante empezó a sonar en el móvil la canción Dance with the Devil y, sin saber muy bien por qué, mientras que ese maldito fluido se mezclaba con mi alma, corrí hacia la ventana. La abrí y, movido por ese diabólico flubber, salté desde el segundo piso del chalet adosado con la esperanza de terminar con todo.
Una idea fugaz atravesó mi mente: «¿no sería mejor vivir abrazado a aquella suave tortura?».
Y en ese mismo instante mi cráneo impactó violentamente contra la acera, dejando una silueta verde y roja en el suelo que, después de dibujar mi cuerpo, se desplazó huyendo como una oruga procesionaria hasta colarse por el agujero de una alcantarilla.



Qué maravilla!!! Estuve atenta y en tensión todo el relato, me encantó el nivel de detalle y la narración. Aplausos
Me encantó, te felicito. Que extraordinario relato.